Txaro Arrazola. Una magnífica explotación

Txaro Arrazola. Una magnífica explotación Imagen: 'Gdaim Izik'. Txaro Arrazola, 2011

Desde: Viernes, 29 Octubre 2021

Hasta: Domingo, 13 Marzo 2022

Lugar: Sala A1

No deja de ser paradójico que «explotar» tenga tres acepciones en español: «extraer de la tierra su riqueza», «utilizar abusivamente en provecho propio el trabajo o las cualidades de otra persona» y «explosionar, hacer explosión». El título de esta exposición juega con esas tres acepciones del verbo para proponer conexiones entre ellas desde las que acercarnos a la idea de paisaje contemporáneo en la obra de Txaro Arrazola (Vitoria- Gasteiz, 1963).

A lo largo del siglo XX, el cine, que ha sido y es un destacado catalizador de las tradiciones paisajísticas literaria, pictórica y fotográfica, produjo un buen número de cintas que plasman una visión ampliamente compartida en Occidente: la de la naturaleza como un monto de recursos naturales. Entre esa lista interminable de películas destacan una serie de títulos firmados por Hollywood tras la II Guerra Mundial sobre explotaciones agrarias, ganaderas, forestales, mineras o petroleras en los que se repite la misma historia. Su protagonista, el terrateniente, un varón blanco heterosexual, posee, domina y explota la tierra y a sus habitantes. Al mirar su parcela de naturaleza, el terrateniente solo ve desde un plano subjetivo una magnífica explotación.

Esa visión cartesiana, mecanicista de la naturaleza, que informa una cosmovisión compartida por discursos científicos, económicos y estéticos surge cuatro siglos antes con los albores del capitalismo e, invariablemente, ha presidido la explotación, tanto de los territorios coloniales como la de los metropolitanos. Esa visión andro y antropocéntrica, que deviene en una mirada objetualizadora de la naturaleza, cosifica igualmente a los animales y a las mujeres, que se consideran una extensión del territorio natural creado para ser explotado. Esa visión, a pesar del ecologismo y del feminismo, e incluso del ecofeminismo, sigue siendo hegemónica y es habitual encontrarla en distintas manifestaciones del paisaje contemporáneo.

La exposición Una magnífica explotación reúne una amplia selección de pinturas de la serie Paisajes sociales que Txaro Arrazola viene produciendo desde que, en 1993, hizo unos primeros dibujos del paisaje que ofrecía la vista desde la gran ventana de su estudio en una antigua fábrica del entonces ruinoso barrio de Bushwick, en Nueva York. Ese mismo año, Arrazola también confeccionó una serie de patchworks que consideraba pinturas expandidas. Se trata de piezas elaboradas con ropa de segunda mano, compradas en tiendas del Salvation Army, sobre las que transfirió o reveló sobre tela, imágenes de su entorno cotidiano. El nuevo proletariado es una pintura de ese año compuesta por trozos de tela y dibujos de las vistas desde el estudio.

Pero no será hasta 1995, ya en Vitoria-Gasteiz, cuando a partir de aquellos dibujos del 93 pinte con acrílico la primera tela de gran formato de la serie: Bushwick. La elección de representar tanto la ventana como la vista desde la ventana de su estudio neoyorquino, situado frente a un cementerio de coches, es una declaración de calado artístico y político. En adelante, esa técnica, la pintura, y ese formato, a gran escala, convertirán la serie en un aparato discursivo, una ventana para contemplar las ventanas y el mundo que vemos a través de ellas. Más aún, Paisajes sociales es también una alegoría de la ventana al mundo de Txaro Arrazola.

Sentadas esas bases, la segunda pintura de la serie presenta un ajuste de método. Sus dibujos del natural son sustituidos como referente de sus pinturas por imágenes, que extraerá de periódicos y revistas y que, a menudo, plasmará a escala real para colocar a quien las observa en primera línea de los lugares representados. La artista sustituye la ventana de su estudio por la prensa diaria, a la que se asoma para mirar cómo el fotoperiodismo y los medios de comunicación masivos ven y relatan el mundo. Mediante ese desplazamiento, desarrolla un método que juega con la perspectiva y la escala de las imágenes como en un juego de espejos y lentes. Extraer imágenes, fotografías periodísticas, de la breve actualidad que les confiere su soporte, trascender la naturaleza cotidiana de la prensa diaria para convertirlas en un artefacto artístico, extiende su temporalidad, pero sobre todo expande exponencialmente su funcionalidad. Siguiendo la pauta de la pintura inicial, las siguientes obras sitúan con frecuencia el punto de vista en un punto elevado, como el cuarto piso de aquel estudio de Bushwick aunque, también, en ocasiones, desciende al mismo nivel del paisaje que describe.

A medida que la serie se desarrolla, Arrazola irá produciendo inquietantes paisajes contemporáneos de diversos puntos del globo que muestran todo tipo de destrozos provocados por la acción humana directa: derrumbamientos, escombros abandonados, accidentes, escenarios tras actos de terrorismo… O por la acción indirecta, como las devastadoras consecuencias del cambio climático. Paisajes que muestran situaciones de pobreza extrema, favelas, campamentos de refugiados de guerra o de migrantes por razones climáticas o económicas. Son pinturas con muy poco color, sombrías o directamente negras, que describen un mundo infeliz, en las que nunca aparecen personas. Si bien, como la artista ha declarado «cada obra es un relato completo, un microcosmos, un estado de cosas», al mostrar las pinturas en grupo, incidiendo en la seriación de la práctica de Arrazola, ese «estado de cosas» se amplifica por acumulación.

Una magnífica explotación también tiene en cuenta que las pinturas que componen Paisajes sociales responden de forma distinta dependiendo de la distancia a la que se observen. Una mirada cercana permite apreciar la expresividad de las pinceladas y muestra el interés de la artista por la gestualidad de la pintura expresionista y abstracta. Una mirada distante revela pinturas figurativas que huyen de una descripción minuciosa y que desprenden toda la severidad de la paleta. Sin embargo, en ambos casos y debido a su tamaño y a su composición, las pinturas interpelan directamente a quien las observa. Aunque la ventana de Arrazola te permite contemplar esos paisajes a una distancia prudencial para, en palabras de la artista, «proporcionar a la gente la fantasía de estar en estos espacios sin mancharse». Incidiendo en la idea de proximidad y para no interrumpir la impresión de que las obras se expanden más allá de los límites del lienzo, las pinturas no se enmarcan. Como tampoco se enmarcan en el pasado.

Lamentablemente, hoy igual que hace 30 años, las obras mantienen una rigurosa actualidad. Los «paisajes sociales» de Txaro Arrazola siguen siendo un paisaje cotidiano demasiado familiar.

 


 

Txaro Arrazola se licenció en Bellas Artes por la UPV/EHU en 1988. Beca Fulbright (1996-1997) y MFA por la Universidad del Estado de Nueva York, Purchase College (1996-1998). Doctora en Bellas Artes (2012). Su trabajo se caracteriza por el compromiso social, la crítica feminista de la representación y la investigación de metodologías colaborativas. Compagina su práctica artística individual desde la pintura con proyectos transdisciplinares y proyectos colectivos, entre los que destacan los realizados con el colectivo Plataforma A en acciones en el espacio público. Su obra ha sido expuesta, entre otros espacios e instituciones, en la galería Vanguardia (Bilbao, 2019, 2014, 2011, 2007), Fundación Pedro Modesto Campos (Tenerife 2007), Centro Cultural Montehermoso (Vitoria-Gasteiz, 2008, 2005), y Kunstarkaden Der Stadt (Munich 2008).

Comisariado: Xabier Arakistain

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