Noraezean

Hoy en día, en nuestra sociedad, están más latentes que nunca muchas preguntas en torno a nuestro devenir económico, político, productivo... y su compatibilidad con el de la vida del planeta y la capacidad de este para regenerarse y absorber los excesos de nuestro caprichoso sistema capitalista, que toma la naturaleza como objeto y no como sujeto.

Noraezean se centra en varias intervenciones de carácter artístico reflexivo en diferentes paseos de montaña señalizados, ubicados en la cuadrilla de Gorbeialdea.

El proyecto Noraezean forma parte de la convoctaoria del programa Eskualdea 2019.

Diputación Foral de Álava | Artium Museoa
Colaboran: Ayuntamiento de Zuia | Ayuntamiento de Zigoitia

Eskualdea-Producción

Instrucciones reversibles

Pedro Donoso

Nature has many orders independent of man's abstraction.
-R. Smithson

Algo ha ocurrido en el mundo. Lo que antes se extendía alrededor de nuestras ciudades y señalábamos bajo el nombre de «naturaleza», hoy parece haber quedado sepultado por nuestra presencia incontenible sobre la faz del planeta. Cada vez parecemos más extrañados ante la presencia de algún lugar sin rastros humanos. En nuestra condición de especie fagocitante, como una bacteria que se reproduce y arrasa a un ritmo que termina por agotar los recursos de los que depende, nuestra especie siente aún una curiosidad por saber de qué modo regresar a mirar con cierto fetichismo nostálgico estos lugares verdosos y desaliñados donde se reparten flora y fauna amenazadas por nuestra imperiosa necesidad de existir. Así observamos con un temor apocalíptico los vestigios de un mundo natural que hemos interferido hasta la médula. Los parques y reservas naturales nos «reservan» entonces grandes manchas silvestres salpicadas de ejemplares no humanos. Las reservan para sí mismas, protegidas, y también para nosotros, sus cultores y cultivadores. Bajo esta lógica de un jardín salvaje, tratamos de reponer la autonomía de un paisaje natural, permitiendo que la no interrupción humana ayude a la regeneración de las especies autóctonas. Suponemos que si nos retiramos de la naturaleza, ella podrá recuperar su vida. De ahí que buena parte de nuestro esfuerzo se dirija entonces a reprimir, a guardar distancia para no aplastar, quemar, infectar, contaminar.

Con toda certeza, para mantener con vida aquello que llamamos naturaleza, debemos restarnos de la escena. Esta autorrestricción para permitir el curso de los fenómenos de la naturaleza habla en nombre de ella, aunque en realidad es nuestro propio sueño con una estrategia de recuperación de la visión primigenia. Anhelamos sensaciones milenarias de convivencia con un medio al que en alguna época remota también pertenecimos, pero que hoy solo conocemos a través de una aspiración regenerativa derivada de la culpa tras milenios de abuso y polución. Distribuir una señalética por un espacio natural supone, entonces, la demarcación de áreas para controlar los usos y recorridos, al tiempo que propone una ética de comportamiento regido por determinadas normas: usted debe observar determinados modos para estar aquí y respetar.

Por supuesto, Mario Paniego no es ingenuo en la instauración de ese ejercicio instructivo. Sus modos previos de insertarse en entornos urbanos para crear desvíos, espacios neutros o especulares, y rincones reflexivos para la memoria han ido jalonando una trayectoria artística interesada en el diseño de nuestras normas de uso. Pero si antes aprovechaba el dominio urbano para interpelar al viandante y generar nuevas narrativas a través del encuentro inesperado con alguna interpelación específica (basta recordar sus intervenciones en ciudad como Wroclaw, Bilbao y, sobre todo, en Rijeka, Croacia), ahora Mario Paniego se interna en un terreno pantanoso e ironiza sobre nuestras formas de dominación del territorio siniestrado. La naturaleza es el último bastión donde nos jugamos el futuro como especie. Por lo mismo, cada anuncio o señal plantada en mitad de un paraje natural, en la ladera de un monteo en un sendero en el bosque interroga directamente a la presencia humana. «¿Qué hace usted aquí?» podría ser el subtexto de toda esta operación de distribución de signos. Ante el contexto creado sobre un planeta en el que la acción de nuestra especie ha determinado una serie de alteraciones irreversibles, muchas de ellas insalvables ya, estas señales plantean un intercambio necesario de motivos para la reflexión sobre nuestra presencia en el espacio natural.

Podríamos tomar estas señales como indicaciones inversas: en lugar de facilitar el acceso al parque desplegado ante el visitante, ellas imponen la reflexión a cada visitante sobre las formas condicionadas de reacción ante lo que hemos designado —ciencia, economía, sociedad y cultura mediante— como naturaleza. En definitiva, Mario Paniego despliega sus instrucciones, cuidando con esmero materiales y formatos, no para dar con la ruta precisa, sino para que el visitante se pierda en una serie de cavilaciones motivadas por una relación conflictiva entre la capacidad de anunciar, de prohibir y de subsanar una deuda entre nuestra especie y su entorno. «¿Damos forma a nuestro entorno natural o él nos da forma?» se pregunta en determinado momento el artista. Tal vez ya solo cabe comprobar que la magnitud de la entropía introducida en nuestra convivencia con el medio natural nos obliga a reservar lo mejor de nuestra creatividad para circular por un mundo extenuado que exige un acercamiento renovado. Viene al caso recordar, entonces, las palabras de Robert Smithson: «La naturaleza tiene muchos órdenes más allá de la abstracción del hombre».

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